Eran tres, ni de mucha de edad, ni txapela, los txiquitos eran cubatas, las “bilbainadas” no sonaban como antes, pero ponían sentimiento, la falta de control en la voz, la suplían con una buena entonación. Lo cierto es que tampoco se trataba de hacer un juicio de valor del cante, lo que realmente me importaba y que me emocionó fue el echo de que aún quedaba alguna cuadrilla (trío en este caso) que mantenía viva esa tradición tan bilbaína.
Desde siempre me habían emocionado las cuadrillas de “txikiteros”, desde que con unos quince años los veía y oía en los bares de mi barrio. Fue aquella una buena época, en la que tomar unos “potes” en los vasos de txikito (esos que pesaban 623 grs. creados según dicen para que a los txikiteros no les temblara la mano, amen que apenas cogían suficiente vino como para dos tragos, habitualmente se tomaba de uno, de golpe, y a otra tasca) aun era frecuente, ese vino peleón que a base de costumbre hasta resultaba agradable de beber. Lógicamente que era fácil habituarse a aquel jarabe puesto que había cuadrillas que superaban la decena de miembros y no era un disparate que se hicieran dos vueltas (bueno, si lo era, pera para eso somos de Bilbao) así que a base de repeticiones se dejaba beber, mi opinión era que las cuadrillas a base de cantar necesitaban de aquel liquido (fabricado en la alhóndiga, en el que los frutos del oro de Baco ni siquiera se habían utilizado en su elaboración) para afinar las cuerdas vocales que con tanto cante y tanto “Ducados” se debía resecar la garganta de lo lindo.
En el barrio en el que resido actualmente la ultima cuadrilla botxera (en la que por cierto militaba una mujer, cosa poco habitual) que quedaba y que se reunía los jueves ha desaparecido porque sus miembros han alcanzado esa fase en la que los achaques, en el mejor de los casos, ya no les permite acudir regularmente a la cita; en el peor, no acudirán más.
Esta es una tradición de las que creo necesarias. Por un lado es una forma de relación social en la que no suele haber problemas (a excepción de que haya un miembro “agarrao” y no saque la mano del bolsillo, que ahí si puede ser un dilema) por otro se refresca la memoria del pueblo, las bilbainadas no dejan de ser un modo de contar historias de manera amena, graciosa, son el cotilleo de época, al tiempo que se puede disfrutar de algunas buenas voces sin pagar entrada.
Se cuentan historias, buenas historias sin acritud.
Lo mismo relatan visitas reales: “Disen que viene Erreña, visitar Bilborá, la prínsipe chiquito, con ella venerá”…
Que te cantan un menú: ¡camarero!…¡señor!…¿qué hay para hoy?…¡Señor, un buen menú! ¡solomillo asado, sesos huecos, hígado, liebre, chateaubriand…
Se disculpan por no ir a ver a la novia: Tengo una novia en Santurce,
¡ay!, qué novia más chipén. Pero no puedo ir a verla,
¡ay! qué pena más tremenda, santurzana de mi vida, que cuesta muy caro el tren.
Te dan consejos para subir al monte: Dises que vas a subir, que vas a subir al Pagasarri. Subirás en aeroplano, bajarás en goitibera. Subirás, subirás, pero nunca bajarás.
Y te hacen un plano con fundamento: Atxuri, Atxuri, Atxuri,
Santos Juanes y Somera: muchos restaurantes en calles pequeñas.
Hay angulas, merlusa, vino tinto y bacalao.
Comer bien, beber bien, y a vivir, Matusalén!
Esto y mucho más te pueden contar en las calles del “bocho” mientras te metes en el cuerpo unos “txikitos”, o en su defecto un txakoli, pero no seas triste, evita el agua, o algún Bilbaíno txirene te diraaquello de: el agua es para bañarse y pa´las ranas que nadan bien.
miércoles, 10 de septiembre de 2014
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